Quizá volvamos a encontrarnos.
O quizá no.
Eso no importa.
Y es que,
debajo de las uñas,
tenemos la certeza
del fin predeterminado de las cosas.
Tratar de alejarlo,
difuminarlo,
olvidarlo;
es separarlas de su esencia.
Existen,
lo confirmo,
los amores de un fin de semana.
De cinco minutos en el metro.
De una vida y media.
Y no son de tres semanas,
veinte días,
o hasta que la muerte nos separe.
Simplemente, son.
Dejémoslos ser.
viernes, 12 de junio de 2015
martes, 9 de junio de 2015
Tormenta de verano temprano
Llámame sorda, pero hoy no he oído más que risas. Y pasos repiqueteantes en el suelo de Madrid, amortiguado por una fina capa de irrealidad que nos persigue desde niños. Como los juegos. Como los sueños. Como los llantos por las rodillas raspadas. Pero eso en junio no importa. Importa el sol. Y más aún las tormentas por sorpresa. Es que me gustan las sorpresas. Todo lo que rompa con la rutina. Y más si va acompañado del fuerte olor a tierra mojada.
Los días de lluvia me hacen la persona más feliz del mundo
porque si algo tan grande como el cielo llora
quizá no sea tan pequeña como dicen las cicatrices.
XXIII
En mi pasado sangrante
hay un reguero.
Seco.
De pestañas
y pétalos de margarita.
Pero ahora
el aire que respiro
no lo envenena tu colonia.
Huele a lluvia.
A enhorabuena
y a despedida.
A orgullos heridos de guerra.
A vueltas y media de tuerca.
A rodillas fallidas,
castigadas contra el suelo.
El sol le duele a la mirada
por haber cerrado los ojos.
Para ver que no estabas.
Para no saber cuándo te fuiste.
Y ahora, abiertos de par en par,
no noto tu ausencia.
Lato mi presencia.
Y las ganas de vivir
del resucitado.
hay un reguero.
Seco.
De pestañas
y pétalos de margarita.
Pero ahora
el aire que respiro
no lo envenena tu colonia.
Huele a lluvia.
A enhorabuena
y a despedida.
A orgullos heridos de guerra.
A vueltas y media de tuerca.
A rodillas fallidas,
castigadas contra el suelo.
El sol le duele a la mirada
por haber cerrado los ojos.
Para ver que no estabas.
Para no saber cuándo te fuiste.
Y ahora, abiertos de par en par,
no noto tu ausencia.
Lato mi presencia.
Y las ganas de vivir
del resucitado.
XXII
Qué quieres que le haga,
si todos los poemas hablan de tus ojos.
Si las nubes llueven el sudor de nuestras noches.
Y las noches ahora ocultan borracheras de tu olvido.
Qué quieres que haga
con las fotos que quemé
si tienen copia de seguridad en la retina.
Con los lugares prohibidos por tu presencia pretérita.
Con los días tachados de todos los calendarios de la ciudad.
Con los meses que contaba a besos que siempre sabían a despedida.
Qué otra cosa voy a hacer
que asesinar tus fantasmas
con el acero de las semanas.
Ya oxidado del puto uso.
si todos los poemas hablan de tus ojos.
Si las nubes llueven el sudor de nuestras noches.
Y las noches ahora ocultan borracheras de tu olvido.
Qué quieres que haga
con las fotos que quemé
si tienen copia de seguridad en la retina.
Con los lugares prohibidos por tu presencia pretérita.
Con los días tachados de todos los calendarios de la ciudad.
Con los meses que contaba a besos que siempre sabían a despedida.
Qué otra cosa voy a hacer
que asesinar tus fantasmas
con el acero de las semanas.
Ya oxidado del puto uso.
jueves, 4 de junio de 2015
miércoles, 3 de junio de 2015
Learn to let go
El 80% de nuestras preocupaciones nacen de la incapacidad de dejar marchar. Tanto lo bueno, como lo malo, como lo malo disfrazado de bueno. No nos permitimos el lujo de desprendernos de algo que ya nos ha tocado por dentro. No es fácil. Ni hacerlo, ni concienciarse de la necesidad de ello. Confiamos en que en algún momento algo cambiará, bien aquello a que nos aferramos, bien la situación en la que estamos, bien nosotros mismos. Quizá sí, pero probablemente no. La respuesta suele hallarse en dejarlo ir.
Sea el primer amor o el decimoquinto, un recuerdo vívido o desvaneciéndose, una canción escondida en un recoveco de la memoria, déjalo ir. Si quema, déjalo ir. Si ahoga, déjalo ir. Si viene acompañado del vacío insondable en el pecho -o del peso insoportable-, déjalo ir. Si manda salir a tus lágrimas de última hora de la noche, o las etilizadas, o las discretas en medio de una multitud, déjalo ir. Si no te llena, si no te permite avanzar, si te ancla a un punto perdido del pasado, déjalo ir. Si no te deja dormir por la noche, si no te despierta sonrisas, si no te construye como persona y te acerca más a lo que quieres llegar a ser, déjalo ir. Simplemente, déjalo ir.
Basta de autoengaño y excusas cogidas por los dedos de los pies. Basta de hipótesis rebuscadas y teorías de bombero jubilado, de "el que la sigue la consigue", de zarbada insistencia, de omnubilarse con lo que uno desea y dejar de ver la realidad. Basta de castillos en el aire, de morir por un algo inalcanzable tratando de llenar el vacío. Basta de dolor gratuito en imposibles que nunca llegan.La respuesta correcta normalmente es la que duele, la que quema, la que nos hace cerrar los ojos en cuanto se pasea por nuestra mente. Deja de darle la espalda, y déjalo ir.
Sol solito
Hoy el Sol se ha levantado lento, melancólico. La Luna ayer estaba llena, pletórica, gorda, plena de luz robada. El Sol considera injusto que nadie entienda sus estados de ánimo cambiantes. También tiene sus días malos, en los que querría darnos la espalda y desaparecer. "Luna es una mimada", piensa. Y sigue brillando.
Pero qué le puede hacer.
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