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lunes, 1 de junio de 2015

Escritura automática I

Que no puedo dormir. Que me vuelvo loca. Que se me ha caído la mordaza, la venda, y las bragas, y las ganas de vivir, y el pelo, y las penas, y la sonrisa. Y que todo está tirado en el suelo de mi habitación, mezclado con la ropa sucia y alguna colilla. Y con el tiempo, que se mete en todo, menos en vereda. Me ha confesado que pasa tan rápido porque le hace gracia el fluir de las hojas del calendario. Hijo de puta. No sabe nada de la vida. Pero yo tampoco. Ni yo ni nadie, según veo. Veo sin ver, igual que sin sentir creo que siento. Doliente respiración que insiste en meterme aire en el pecho. Dolientes ojos que insisten en abrirse cada mañana. Dejadme en paz. Dejadme morir esta noche. Dejadme quieta. Enterrada en sábanas, que mañana podrán ser tierra. Que ahora solo quiero dormir. Solo dejar de oír. De sentir. Quiero dar de baja los cinco sentidos, y el sexto, si existe, que se quede ahí escondido, que no me hace falta. Quiero ser ciega y sordomuda. Quiero perderme en el todo que es la nada, y en la nada que es el todo, y en más parábolas de poeta de tres al cuarto. Y darle la vuelta al mundo subida a mi cama, sin interventor, ni escalas, ni jetlag, ni niñato llorando en el asiento de atrás. Ni pagar. Que odio el dinero, me permito el lujo, porque creo que lo tengo. Pero cómo tener algo que no existe. Aunque también creo que tengo vida, que tengo gracia, que tengo intelecto. A la mierda todo eso. Me tomo el pulso y no noto el pumpum, noto el tictac. Puede que sea del reloj que tengo guardado en el armario. Si lo saco noto su mirada pegada en la espalda. Noto el miedo. El pánico. El de las agujas a girar, me refiero. A mí ya no me importa el paso de las estaciones, me divierte ver cómo caen y suben las hojas, de los árboles, al cielo. Y del cielo a la nada, supongo. Me gusta esa palabra. Que tanto dice y tanto calla. Nada. Como los peces y como la vida. Como esta noche de junio. Que me asusta. Me aterroriza. Tengo sueño, creo. Me voy a dormir, asevero. Espero poder cerrar los ojos. De verdad lo espero.

Orfeo et Eurydice: Mélodie for Piano Solo

Las teclas de un piano ardiendo me agujerean los oídos. 
Quizás es el alcohol, quizás es el sueño. 
No lo sé, pero no me importa. 
Porque la melodía se me está tallando en la carne viva debajo del cuero cabelludo. 
Me plañen las notas, las fusas y las semifusas, y se pierden mis sentidos en las manos de un desconocido. 
Que llora con los dedos. 
Que vierte sus penas en marfil, en blanco y en negro. 
Que me susurra sin palabras que conoce las mentiras del mundo entero. 
Que sabe que la realidad, en realidad, es sueño. 
Que ha oído hablar a los muertos y le han confesado que no hay nada más allá. 
Ni más acá. Todo cuento. 
Y ahora baja. Baja y calla. 
Acaba golpeando un teclado maltrecho por tanto sentimiento. 
Y muere en la noche. 
Quizás en otro lugar del planeta sea por la mañana. 


2 a.m.

Todo me sabe a poco. Y lo poco me sabe a mierda. A mierda de vida, a mierda de mundo, a mierda de día. A que son las dos de la mañana y ya debería estar dormida. Pero los ojos cerrados abundan demasiado. No quiero ser una más, pero tampoco sé cómo evitarlo. O sí que lo sé. Pero me asusta. El perder la comodidad, el lujo y el encanto de la vida moderna. Pero supongo que más asustan los disparos en medio de la noche. Los gritos de guerra. Los llantos de tus hijos. Lo supongo, porque nunca lo he vivido. Qué suerte la mía, eh. Habrá que rezar un padrenuestro agradeciendo y a la cama. A ver qué me cuenta el Sol por la mañana que ha visto en Siria.

Llora

Esta noche oí un grito. Un grito que era un susurro. Un susurro que era un llanto. Y no pude dormir. Y lo seguí. Lo busqué en una noche oscura como la boca del lobo. Como el futuro. Como el fango. Como la sangre. Como las almas.

Y lo encontré. Era un niño. Yo lo vi, pero él no a mí. No podía. Los ojos estaban llenos de tierra. Y la ropa, rota. Y la sangre, seca. Y la mirada, perdida. En la inmensidad de una fosa compartida con otros tantos infantes. Con otras tantas vidas perdidas.

Me desperté, y me di cuenta de que no eran vidas. Eran números. O eso es lo que dicen en las noticias.



(Ahora llora, hijo de puta, llora. Llora lo que no lloraste al ver cifras de muertos en el telediario, en el periódico, en Internet, persiguiéndote en tus putos sueños. Llora al ver que hay vidas detrás de las noticias. Llora por los padres sin hijos, los hijos sin padre, y la tierra regada con sangre. Llora al ver unos ojos tan negros y tan inocentes. Y tan secos. Ya se habrá cansado de llorar, supongo. Sabe que no tiene nada que ganar, supongo. Y lo único que me pregunto es quién coño habrá sacado la puta foto.)

Este mundo de mierda, pt.2

Y si lo único que nos queda es sufrimiento, que sea compartido. Si el llanto ahoga las risas, lloraré contigo. Si te duelen las heridas de balas que no llevaban tu nombre, compartiré mi sangre, derramaré la mía, suturaré las brechas de carne con el fuego de mis entrañas. Secaré todas las lágrimas antes de que caigan el suelo con la piel que me arrancaré a tiras. Todo ello antes de permitir que al prójimo del que tanto hablan le siga doliendo el latir desacompasado de un corazón al que no le han brindado la oportunidad de bombear sangre que no sepa a desengaño y a injusticia. Todo ello antes que seguir cerrando los ojos, girando la cara, dando la espalda. Todo ello antes que vivir en la inopia, en la burbuja artificial de deseos metidos con embudo y necesidades innecesarias. Me cortaré las manos para dárselas a los que no tengan fuerzas para moverlas. Me arrancaré los cabellos para dárselas a aquellas a las que se los privaron, a tirones. Moriré joven, pero no dejaré un bonito cadáver. Dejaré los restos físicos de un alma detrito. De un agujero incorpóreo. De alguien que habrá intentado que su huella en el mundo no se reduzca a una cifra en una red social. O a un libro. O a un árbol. O a un hijo. Renuncio a mi vida en pos de aquellos que no han podido elegir. No quiero seguir viviendo en un mundo en el que dormimos a pierna suelta con llantos de inocentes pegados a la almohada, reducidos a susurros. Relegados a la nada.

El mundo, ese hijo de puta.

Es este el peor mundo del peor imaginario. La más cruenta realidad se escapó de las pesadillas, disfrazada para poder ser ignorada, de sonrisas falsas, de información tergiversada. Y se acurruca en el consumo, la autosatisfacción articial y el ego. Y en su primo, el egoísmo, y su hermana, la indiferencia. Hijos bastardos de la individualidad, asesina. Que nos mata, a uno mismo aislado del resto, al resto por el que ni uno derrama agua salada por las mejillas. Todo este ruido nos impide oír los llantos que vuelven locos a los gusanos de las fosas comunes. Llantos de niños. De críos como tu hermano, como tu hijo. Niños sin vida. Infancias sin juegos. Juegos hay, pero de dinero. El dinero, que es el nuevo Dios. Dios, que está muerto. Y en su tumba la humanidad. Que se cree que sigue viva, la muy gilipollas. Que sigue con ojos cerrados y boca amordazada el camino. El camino envenenado, de paredes demasiado altas, tanto como las vallas que separan las fronteras de las riquezas dispares. Paredes oscuras. Como el alma de tantos. Tantos como los que carecen de ella. Ella, que nos huye. El alma, ese algo que llevamos dentro. Otrora. La hemos matado. Con tanta marca, y tanta porquería, y tanto poner barreras, y tanto odio, y tanta ira. Y tanto dolor. Dolor sordo. Dolor hueco. Hueco como el pecho en el que algo debería estar latiendo. Que ya no late, que se ha parado. Que ya no es mi corazón un puño sino un puñado de cenizas. Que se ha quebrado con las últimas noticias. Que dice que no soporta seguir sintiendo. Que prefiere irse de viaje a la eternidad de lo que no es eterno. Que quiere ser un recuerdo. Que quiere vivir en el limbo de las almas arrancadas de los cuerpos. Que ya no lloran. Tampoco juegan. Pero qué más da ahora eso. Es tarde. Deberíamos estar durmiendo.


Yo te voy a cuidar, pequeña.

Yo te voy a cuidar,
pequeña.

Abrirá las nubes
tu sonrisa
inocente
y pura.

Yo te voy a cuidar.
A secar tus lágrimas
con paños de experiencia.

A levantarte del suelo
a la primera
la segunda
y la tercera.

A abrir las puertas
de tu corazón
a un mundo de cerrojos
y miradas de reojo.

Voy a sincronizar tus latidos
con los de las almas desgarradas
que no hacen más que pedir
una mano de consuelo
que les ayude a alzar el vuelo.

Y volarás. Volarás conmigo.
Bajo mis alas no llegará la lluvia
a tu frente. A tu alma.

Yo te voy a cuidar, pequeña.

Moriré en el intento.

Moriré haciendo de escudo
para las lanzas del desengaño,
de la vanidad y del desprecio,
del odio a uno mismo proyectado
hacia un mundo que de odio está ya lleno.

Yo te voy a cuidar, joder.
Voy a contarte las estrellas.
Una a una. Las bajaré.
Para que te iluminen en las noches más saladas.
Y te guíen cuando los pasos sean errantes.

Voy a cuidarte, pequeña.
Así que deja de llorar.
Que la luna nos sonríe.
Que nos da la buena nueva.